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Trascendencia revolucionaria

Sin embargo, una vez reconocidas estas virtudes, me pregunto si la escritura de Puig tiene la trascendencia revolucionaria que le atribuyen Levine y otros críticos. Me temo que no. Creo que es más ingeniosa y brillante que profunda, más artificial que innovadora, y demasiado dependiente de las modas y los mitos de su época como para alcanzar, alguna vez, la permanencia de las grandes obras literarias, como las de un Borges o un Faulkner. Los grandes libros, a diferencia de las grandes películas, no están hechos de imágenes sino de palabras —es decir, ideas que surgen de una serie de imágenes y, finalmente, constituyen una visión del mundo, de la condición humana, del flujo de la historia—. Esta visión florece en el espíritu del lector, gracias a la riqueza y efectividad de un lenguaje y un estilo, y produce la fascinación de una obra literaria. En la escritura de Puig hay imágenes cuidadosas, hábilmente construidas, pero no ideas, ni una visión central que organice y le dé significado al mundo ficcional, ni un estilo personal. Hay fantasmas y manifestaciones de ingenio, algunos títeres de las sombras a los que la destreza formal del escritor ocasionalmente otorga una semblanza de realidad, pero, unas páginas después, desaparecen como espejismos. La vida, en realidad, nunca se abre paso: está recortada por la superficialidad, una actitud que funde sustancia con apariencia y, en una inversión de valores, le da prioridad al parecer y no al ser.

Por estas características, la obra de Manuel Puig tal vez sea la más representativa de lo que se llamó "literatura liviana", tan emblemática de nuestro tiempo: una literatura placentera que no exige ni tiene otro fin que el de entretener. Esta literatura rechaza como arrogante y estúpido el esfuerzo de los autores que creían que escribir podía cambiar el mundo, revolucionar la vida, transformar los valores, enseñar a sentir y a vivir. Nada de eso. La literatura debe aceptar que los libros que no son importantes ahora forman parte de la vida de la gente. Aceptar que el entretenimiento —que le ayuda a una persona a pasar el tiempo de una manera placentera, absorbente, comprometida, como lo hacen los programas de telvisión más populares— cumple una función honrosa y respetable, que es la tarea de la literatura en un tiempo de ritmos veloces y preocupaciones como el nuestro. Con tanto trabajo, tantas preocupaciones agobiantes, tantos placeres y diversiones, nuestros ciudadanos casi no tienen tiempo de ponerse serios y reflexionar, o de leer novelas que puedan darles un dolor de cabeza.

Copyright The New York Times y Clarín, 2001. Traducción de Claudia Martínez.