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2. Una poética de los comienzos
2. Una poética de los comienzos
Cuando Manuel Puig consigue publicar en 1968 en la pequeña editorial Jorge Álvarez de Buenos Aires su primera novela La traición de Rita Hayworth, realiza el sueño de devenir novelista que había acariciado a partir de dejar de lado seis años antes la tentación del cine, por lo menos dentro de la carrera de guionista. Esta vía muerta de su vocación seguiría latente durante toda su producción dándole más frustraciones que éxitos. El título de orden pop, una corriente que hacía furor por aquellos años, no deja de contener una clave secreta que lo une con una palabra clave del mundo de Roberto Arlt (la traición). En este sentido, también se emparienta con su antecesor más visible, en tanto El juguete rabioso (de 1926) se ubicaba inconscientemente como contracara urbana de la novela de aprendizaje Don Segundo Sombra, que idealizaba el campo. La traición de Puig iba a consistir en terminar de desmontar no solo la vida campera sino el autoritarismo de los modelos machistas que ella proporcionaba, tomándole la palabra a Arlt. La primera novela de Puig sirvió como presentación en el campo literario, que es decir una presentación en sociedad, enrolada estilísticamente en el deslumbramiento de la novelística de Faulkner, pero, al mismo tiempo, muy anclada en una tradición argentina que se venía a absorber y poner en entredicho. Novela de aprendizaje anticanónica, La traición propagaba el derecho del joven protagonista en dejar de lado el modelo que le imponía su padre. Así un género literario pensado para la eclosión del personaje varón se veía traicionando las leyes del género para venir a significar otra cosa: la posibilidad de elegir un destino personal, aunque éste no concordara con lo que se esperaba, donde el juego del género literario se imbricaba con el juego lingüístico del género sexual: TO-TO colocado entre MiTA y BerTO (sus padres) termina eligiendo el modelo de seducción de RiTA (Hayworth). Nada podía ser más desmesuradamente anticanónico en una literatura signada por el pudor borgeano de la palabra susurrada en un salón burgués. Todavía faltaba, sin embargo, dar el reto con un gesto más pop al titular la siguiente novela de 1969 Boquitas pintadas (Amícola, 1994), que reveló al autor como intérprete de un público mayor. Un hecho criminal provinciano tiene allí el atractivo de ser un crimen dostoievskianamente perfecto que permite el desmontaje de la conducta pueblerina donde la asesina es catapultada a heroína como nueva Cenicienta de un mundo supuestamente idílico.