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MARIANA YAMPOLSKY

MARIANA YAMPOLSKY
La nobleza de las fotos que componen esta muestra se manifiesta en el rechazo a «explotar» la cara social de su tema. Yampolsky no sacrifica el valor expresivo pero se niega por igual a caer en una retórica sentimental o patética cuyas buenas intenciones suelen distorsionar fácilmente la verdadera condición postergada del pueblo indígena. Tampoco recurre a hieratls-mos que entronizarían una falsa dignidad. Deja de lado todo énfa-" sis, positivo o negalivo. Un aspecto, sin embargo, se repite en la expresión de los rostios -sea por elección de la fotógrafa o por testimonio de la misma realidad- para dar cuenta de aquella dimensión eludida: esa gente no ríe, ni siquiera sonríe. La seriedad, una seriedad ancestral, se diría, preside incluso las ceremonias de la fiesla. Sólo luce sonrisa la lemprana infancia y en no más de dos ocasiones: el niño taco, feliz y vivaz en su cesto/cuna entre mangos y cacahuetes y Angellta, de conmovedora inocencia. La imagen que resume la significativa intensidad de aquella expresión multiplicada se tilula «Tres generaciones ». El blanco festivo de la boda contrasta allí con la severa contención de los adullos y la expectante gravedad de las niñas. Hay algo triste en esa celebración que no viene de las circunstancias sino de una experiencia que los siglos han decantado en los cuerpos y en las caras. Y la fotógrafa respeta esa experiencia sin forzar una interpretación. Como respeta lo visible, iluminándolo sin violar la distancia que permite ver al ojo y mostrarse al mundo.

 

III Bienal

1995 SELECCIÓN